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lunes, 2 de noviembre de 2015

«Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino»

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS

Evangelio (Lc 23,33.39-43): Cuando los soldados llegaron al lugar llamado Calvario,
crucificaron allí a Jesús y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Uno de los malhechores colgados le insultaba: «¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!». Pero el otro le respondió diciendo: «¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Jesús le dijo: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso».

REFLEXIÓN:

Los fieles difuntos, a quienes recordamos en esta fecha y también durante este mes de Noviembre, son aquellas personas que nos han precedido en el paso a la eternidad, y que aún no han llegado a la presencia de Dios en el Cielo.
Son almas que han sido fieles a Dios, pero que se encuentran en estado de «purificación» en el Purgatorio, en el cual están como «inactivos»; es decir, ya no pueden «merecer» por ellos mismos. Por esta razón, es costumbre en la Iglesia Católica orar por nuestros difuntos y ofrecer Misas por ellos, como forma de aliviarles el sufrimiento de su necesaria purificación antes de pasar al Cielo. (Ver CIC #1031-32 y 2Mac.12,46)
El recuerdo de nuestros seres queridos ya fallecidos nos invita también a reflexionar sobre lo que sucede después de la muerte; es decir, Juicio: Cielo, Purgatorio o Infierno.
Primero hay que recordar que la muerte es el más importante momento de la vida del hombre: es precisamente el paso de esta vida temporal y finita a la vida eterna y definitiva. También hay que pensar que la muerte no es un momento desagradable, sino un paso a una vida distinta. Bien dice el Prefacio de Difuntos: «la vida no termina, se transforma y al deshacerse nuestra morada terrenal adquirimos una mansión eterna». Por lo tanto, la muerte es un paso al que no hay que temer.
Sabemos que fuimos creados para la eternidad, que nuestra vida sobre la tierra es pasajera y que Dios nos creó para que, conociéndolo, amándolo y sirviéndolo en esta vida, gozáramos de El, de su presencia y de su Amor Infinito en el Cielo, para toda la eternidad ... para siempre, siempre, siempre ...
De las opciones que tenemos para después de la muerte, el Purgatorio es la única que no es eterna. Las almas que llegan al Purgatorio están ya salvadas, permanecen allí el tiempo necesario para ser purificadas totalmente. La única opción posterior que tienen es la felicidad eterna en el Cielo.
Sin embargo, la purificación en el Purgatorio es «dolorosa». La Biblia nos habla también de «fuego» al referirse a esta etapa de purificación. «La obra de cada uno vendrá a descubrirse. El día del Juicio la dará a conocer ... El fuego probará la obra de cada cual ... se salvará, pero como quien pasa por fuego» (1a. Cor. 3, 13-15).
Y nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica: «Los que mueren en la gracia y amistad con Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de la muerte una purificación, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del Cielo». (#1030)
La purificación es necesaria para prepararnos a la «Visión Beatífica», para poder ver a Dios «cara a cara». Sin embargo, el paso por la purificación del Purgatorio ha sido obviado por algunos. Todos los santos -los canonizados y los anónimos- son ejemplos de esta posibilidad.
¡Es posible llegar al Cielo directamente! Y, además, es deseable obviar el Purgatorio, ya que no es un estado agradable, sino más bien de sufrimiento y dolor, que puede ser corto, pero que puede ser también muy largo. Por eso es aconsejable aprovechar las posibilidades de purificación que se nos presentan a lo largo de nuestra vida terrena, pues el sufrimiento tiene valor redentor y efecto de purificación. Al respecto nos dice San Pedro, el primer Papa:
«Dios nos concedió una herencia que nos está reservada en los Cielos ... Por esto debéis estar alegres, aunque por un tiempo quizá sea necesario sufrir varias pruebas. Vuestra fe saldrá de ahí probada, como el oro que pasa por el fuego ... hasta el día de la Revelación de Cristo Jesús, en que alcanzaréis la meta de vuestra fe: la salvación de vuestras almas» (1a.Pe. 1, 3-9).


miércoles, 30 de septiembre de 2015

"...el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza»

Evangelio de hoy (Lc 9,57-62): "En aquel tiempo, mientras iban caminando, uno le dijo:
«Te seguiré adondequiera que vayas». Jesús le dijo: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». A otro dijo: «Sígueme». El respondió: «Déjame ir primero a enterrar a mi padre». Le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». También otro le dijo: «Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa». Le dijo Jesús: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios».

REFLEXIÓN:

No había posada para cuando el Hijo de Dios nació en Belén, en un corral de animales y su cuna un comedero, lleno de pasto. Su llamado, su vocación era una entrega al sacrificio, al sufrimiento redentor y salvífico que necesita el  mundo para continuar en medio de una renovación continua de generaciones.

En esa nuevas generaciones tampoco hay espacio para Cristo redentor, se huye del sacrificio, asusta el sufrimiento, el hedonismo parece un derecho, la vanagloria es la gloria, y el menor esfuerzo como "modus vivendi" el paraíso; y así ante simples entusiasmos:"...el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».

La vocación cristiana no es sino una vocación redentora sobre el propio sufrimiento y sacrificio. Una llamada radical al radicalismo mismo con que vivió el Maestro. Un fin último de vivir como el Maestro, asumiendo las contrariedades, limitaciones, carencias, dificultades cotidianas, domésticas y laborales con cristiano estoicismo, con cristiano sentido salvífico redentor. 

Esa radicalidad marca un antes y un después en la vida de cada uno, un ANTES al que se puede volver por la naturaleza inconstante del ser humano; donde ni los sentimientos aparentemente sublimes y buenos sirven para la tarea evangelizadora: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios». No es que no quiera a los suyos, sino que está llamado a un amor para todos, a la humanidad misma como suya.

El Reino de Dios es Vida en sí misma, una vida que más allá de la persona misma y del mundo sin desconectarse por la muerte y ante la que siempre estuvo de cualquier manera unida a ella; una vida cuya renovación constante llama de manera radical a quienes servirán a la causa salvifica: solo los muertos entierran a sus muertos. Los que viven en Jesús ni los que han muerto han dejado la vida. Donde la muerte forma parte de la vida y es la vida misma:  «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». En el reino de Dios lo temporal es una dimensión que da sentido a nuestro peregrinar; pero que somos parte de esa Vida cuya puerta exige radicalidad en el hoy de su historia. Se despiden como si todo acabara allí cuando su historia en los brazos del Padre recién comienza.

Dios nos conceda tener una visión salvífica del sufrimiento humano hasta llegar a decir con el Apóstol Pablo suplo en mi carne con mi sufrimiento lo que le falta a la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo. Dios nos conceda entrar por la puerta de la radicalidad en nuestra vida para llegar a la vida eterna. Dios nos conceda concebir la muerte como parte de la vida.

A LA LUZ DE CRISTO AMIGO

COMISIÓN DE CATEQUESIS